Casta Álvarez es el nombre de una de las tres mujeres cuyos restos mortales descansan en la iglesia de Nuestra Señora del Portillo, en Zaragoza.
Junto a otras mujeres, Casta Álvarez se enfrentó a los franceses en los asedios a la ciudad que tuvieron lugar entre los años 1808 y 1809. Su presencia y participación en combates y acciones callejeras, bayoneta en mano, le dieron fama de gran valentía entre los defensores de la ciudad.
Al lado de la madre Rafols estuvo evacuando a los enfermos a otro lugar, en una penosa acción que duró varios dias, cuando la artillería enemiga destruyó el hospital.
Cuando en Zaragoza no cabía un muerto más y las autoridades decidieron acabar con aquel horror, ella gritó varias veces aquello de vencer o morir sin que la escuchara nadie.
Algunos franceses, una vez instalados en la ciudad, quisieron conocer a aquella mujer de la bayoneta, aunque ella no se dejó ver.
El general Palafox la condecoró con el escudo de la ciudad, y el rey Fernando VII le concedió una pensión.
Murió a los 60 años, en Cabañas de Ebro, olvidada por todos.
Y fué 100 años después cuando su cuerpo fue desenterrado y conducido a la iglesia del Portillo, en Zaragoza, donde reposa junto a Agustina de Aragón y Manuela Sancho.

Junto a otras mujeres, Casta Álvarez se enfrentó a los franceses en los asedios a la ciudad que tuvieron lugar entre los años 1808 y 1809. Su presencia y participación en combates y acciones callejeras, bayoneta en mano, le dieron fama de gran valentía entre los defensores de la ciudad.
Al lado de la madre Rafols estuvo evacuando a los enfermos a otro lugar, en una penosa acción que duró varios dias, cuando la artillería enemiga destruyó el hospital.
Cuando en Zaragoza no cabía un muerto más y las autoridades decidieron acabar con aquel horror, ella gritó varias veces aquello de vencer o morir sin que la escuchara nadie.
Algunos franceses, una vez instalados en la ciudad, quisieron conocer a aquella mujer de la bayoneta, aunque ella no se dejó ver.
El general Palafox la condecoró con el escudo de la ciudad, y el rey Fernando VII le concedió una pensión.
Murió a los 60 años, en Cabañas de Ebro, olvidada por todos.
Y fué 100 años después cuando su cuerpo fue desenterrado y conducido a la iglesia del Portillo, en Zaragoza, donde reposa junto a Agustina de Aragón y Manuela Sancho.




1 comentarios:
Qué gran mujer!
Publicar un comentario en la entrada